Esta es la historia de un hombre que todo lo había perdido. Lo único que conservaba con él era un pequeño trozo de roca, a la que llamaba Luna. La llevaba sujeta al cuello, siempre consigo, en una pequeña cadena, y por esto lo llamaban lunático. Y lo era. Se la pasaba sentado en la plaza, sin comer ni beber, ni pedir. Sólo sentado, mirando su Luna, y tarareando cabizbajo. ¿Qué pensaba aquél lunático al ver su luna rota? ¿Acaso no entendía que solo era una roca? Seis años cabizbajo estuvo el lunático, aferrado, lloroso, pensativo e indeciso. La verdad es que sabía muy bien que sólo era una roca, pero nunca perdía la esperanza de que brillara. Tal era su esperanza, que olvidó como era la Luna.
Un día, sentado en la plaza como tantos otros, un grupo de niños le arrebataron su roca-luna, y se dio cuenta que llevaba tantos años sentado, que también había perdido las fuerzas para perseguirlos. Lloró mucho ese día. Lloró de rabia, de dolor, de miedo. Lo único que tenía en su vida era aquella roca rota,y alguien más se la llevó. Decidió terminar con su vida.
Por suerte para aquél lunático sin corazón, hacía meses que alguien le observaba en las noches. Por suerte, también, ella lo miraba esa dulce madrugada. Siempre le pareció curioso como el corazón de un hombre podía ser tan ciego. Le pareció curioso aquél lunático rocoso, tosco y cabizbajo, llorando por rocas sin saber lo que realmente había perdido, ni lo que se perdía en su cabizbajez. La Luna bajó y lo detuvo. Le regaló palabras tan dulces y ciertas que el lunático comprendió que alguien le hablaba en el lenguaje secreto del corazón. Que las rocas no son lunas. Y la amó.
Aquél hombre nunca volvió a ser el mismo.
Ni su Luna, ni su amor.
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